La infinita cantidad de métodos que el hombre originó al momento de seducir al sexo opuesto, hace pensar que nunca daba con uno que le garantice certeza. En el reino animal los pavos despliegan sus coloridas y sensuales plumas. El hombre en cambio, cuando niño, elije una botella para depositar la esperanza. La botella con una pizca de suerte y un poco de viento a favor. Cómo en todo.
El juego comienza con un grupo de niños y niñas predispuestos a entregarse a, tal vez, su primera historia de amor signada por el destino.
Supongamos que tenemos la misma cantidad de ambos sexos, pero bien puede desarrollarse este maravilloso juego con por lo menos tres de cada.
Los niños, supongamos cinco chicos, cinco chicas, se sientan en ronda.
Puede ser en el piso o en sillas. Esto va a depender de la situación o contexto en el cual se desarrolle. Si es en el patio del colegio ante la ausencia, o falta de la profesora, será en el piso. Si no los dejan salir del aula, la ronda se hará con los pupitres. La situación varia y se pone mucho más bonita si es un baile o “asalto” (denominación dada al evento nocturno en la casa de un niño, niña o adolescente en el cual ellas llevan algo de comer y los niños algo de tomar, con música como abrigo de ilusiones. Pero ese será otro capítulo).
Los diez se sentarán en ronda y ubicarán una botella recostada sobre el piso en el medio del círculo. Las posiciones serán intercaladas, es decir un chico, una chica, un chico, una chica, así hasta cerrar el círculo.
Es importante destacar que la botella debe ser de cuerpo circular, ya que en su giro o rotación estará apoyado no sólo su propio cuerpo sino el destino.
El giro suave y repetido sobre su eje será clave, importante, definitorio. Por ende se descartan botellas de cuerpo cuadrangular o hexagonal como las de whisky.
Uno de los participantes se acercará a la botella, la hará girar y allí comenzará el mayor de los suspensos.
El cuerpo vidrioso girará, se frenará y el pico apuntará hacia algún participante.
En ese instante preciso comienza para el participante elegido una espera corta como eterna, para saber con quien desarrollará el juego. Con quién jugará.
La elegida (supongamos una niña) se acercará a la botella y repetirá el movimiento de hacerla girar sobre su cuerpo. Esta girará, se frenará y apuntará a otro participante.
Si es niña la participante apuntalada por la botella, volverá a repetirse la acción hasta dar con un niño.
Cuando esto suceda, ambos se pararán, se dirigirán al medio y se besarán como su corazón lo indique.
El niño en un alto porcentaje de los casos (me atrevería a decir un %98) apuntará a la boca de la niña y esta aceptará gustosa tamaño guiño del destino ofreciendo su poco visitada boca. En cambio, si ofrece su mejilla como receptora de la quijotesca acción del niño, estará diciendo con este gesto que prefiere ser su amiga.
Me rehúso a hablar de la desilusión que puede acarrear para un niño. O el enojo de la niña por la mala suerte que le propina la vida ante este juego.
Si puedo decir que éste increíble juego, suele atesorar uno de los primeros momentos de nervios de la vida en el cual está implicado el amor en algunas de sus formas.
El juego más allá de cómo se desarrolle por el niño y la niña, se repite hasta que alguno no quiere jugar más y otro (u otros) se acoplan a esta decisión.
Es bueno aclarar que en general, los que proponen esto son los que sufren decepciones o se llevan muy mal con el destino.
Y no creo que esté mal.
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